Tres historias de terror.
La segunda gota de sangre cayó a pocos milímetros de su dedo corazón. Tan asqueado como dolido Jonás apartó la mano y gateó hasta el otro extremo de la mesa, donde se acurrucó a observar como los dientes de su madre se partían contra la encimera de la cocina. Se escuchó un ruido seco antes de que volviera a saltar la sangre, pero esta vez sólo salpicó el fregadero y los azulejos, mientras el cuerpo magullado y dolorido de su progenitora caía al suelo.
En los pocos segundos que duró la tregua ambos se miraron. Ella con los ojos hinchados, rojos y suplicantes, él con los suyos negros, abiertos y asustados. Su boca sangrante trató de decirle algo, quizás que huyera, quizás que fuese a buscar ayuda, pero él, perdido en la inmensidad del horror solamente fue capaz de acurrucarse más, de cerrar los ojos apretando fuerte y desear que todo desapareciera lo antes posible. A veces funcionaba.
Entonces apareció la recia mano de su padre para levantar el esparrin en el que había convertido a su madre.
- Largarte de aquí ¡imbécil! - le gritó.
Obedeció.
Fue en el pasillo cuando dejó de correr. En la cocina continuaban escuchándose los golpes, pero sabía que si ponía muy alto el volumen de la tele estos desaparecerían. Al pasar junto a la puerta del salón descubrió a su hermana, acurrucada como momentos antes estuviera él, llorando y tapándose los oídos. Ella también le miró; sus ojos azules, interrogantes y trémulos parecían pedirle una solución, cualquiera podía ser la buena. Y él, que no era el hermano mayor, se sintió enfadado y defraudado por un carácter tan débil, por un pánico desmesurado, por una pregunta que jamás podría responder.
Al pasar por su lado le dio una patada de desprecio. Su padre tenía razón, las mujeres eran todas unas putas.
En los pocos segundos que duró la tregua ambos se miraron. Ella con los ojos hinchados, rojos y suplicantes, él con los suyos negros, abiertos y asustados. Su boca sangrante trató de decirle algo, quizás que huyera, quizás que fuese a buscar ayuda, pero él, perdido en la inmensidad del horror solamente fue capaz de acurrucarse más, de cerrar los ojos apretando fuerte y desear que todo desapareciera lo antes posible. A veces funcionaba.
Entonces apareció la recia mano de su padre para levantar el esparrin en el que había convertido a su madre.
- Largarte de aquí ¡imbécil! - le gritó.
Obedeció.
Fue en el pasillo cuando dejó de correr. En la cocina continuaban escuchándose los golpes, pero sabía que si ponía muy alto el volumen de la tele estos desaparecerían. Al pasar junto a la puerta del salón descubrió a su hermana, acurrucada como momentos antes estuviera él, llorando y tapándose los oídos. Ella también le miró; sus ojos azules, interrogantes y trémulos parecían pedirle una solución, cualquiera podía ser la buena. Y él, que no era el hermano mayor, se sintió enfadado y defraudado por un carácter tan débil, por un pánico desmesurado, por una pregunta que jamás podría responder.
Al pasar por su lado le dio una patada de desprecio. Su padre tenía razón, las mujeres eran todas unas putas.
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(Basado en hechos reales. Juicio para la liberación de Ana Orantes, años antes de morir quemada a manos de su marido que vivía en el piso de abajo).
- Muy bien, entonces partición de bienes equitativa - dijo el juez - el piso de arriba para ella, el de abajo para él ¿algo más?.
- Sí señoría - responde el acusado - quiero la mitad de mi mujer.
En la sala se hace silencio, abogados y juez miran al hombre asombrados.
- Al fin y al cabo todo lo que ella es ahora es gracias a mí - se explica impasible - la saqué de casa a los dieciocho años, la eduqué, la adiestré, la hice madre, cocinera y limpiadora. Gracias a mí sabe leer y planchar, chuparla y zurcir los calcetines. Creo que es evidente que es una de mis propiedades, no se imagina usted cuánto dinero, sudor y trabajo he invertido en ella.
- Pero una persona no puede tratarse como un bien material - responde el fiscal.
- Bueno, pues no lo entiendo - el acusado se reclina en la silla - si por la misma razón me quedo con el perro quedo el perro, no veo porque no habría de llevarme la mitad de mi mujer.
- Es absurdo - añade el abogado defensor - pero legalmente mi cliente tiene razón.
El juez guarda silencio y medita unos segundos.
- Sí, es absurdo, pero legalmente tiene toda la justicia de su parte.
- Sí señoría - responde el acusado - quiero la mitad de mi mujer.
En la sala se hace silencio, abogados y juez miran al hombre asombrados.
- Al fin y al cabo todo lo que ella es ahora es gracias a mí - se explica impasible - la saqué de casa a los dieciocho años, la eduqué, la adiestré, la hice madre, cocinera y limpiadora. Gracias a mí sabe leer y planchar, chuparla y zurcir los calcetines. Creo que es evidente que es una de mis propiedades, no se imagina usted cuánto dinero, sudor y trabajo he invertido en ella.
- Pero una persona no puede tratarse como un bien material - responde el fiscal.
- Bueno, pues no lo entiendo - el acusado se reclina en la silla - si por la misma razón me quedo con el perro quedo el perro, no veo porque no habría de llevarme la mitad de mi mujer.
- Es absurdo - añade el abogado defensor - pero legalmente mi cliente tiene razón.
El juez guarda silencio y medita unos segundos.
- Sí, es absurdo, pero legalmente tiene toda la justicia de su parte.
(Basado en hechos reales. Juicio para la liberación de Ana Orantes, años antes de morir quemada a manos de su marido que vivía en el piso de abajo).
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- Y entonces... ¿la mató por qué era suya?.
- No, señor. La maté, justamente, porque no lo era.
Aceptando la invitación de Jopo.
- No, señor. La maté, justamente, porque no lo era.
Aceptando la invitación de Jopo.







20 Comments:
Me has dejado encogida para un rato. Lo peor es que es como la vida misma. Un beso
Ya. Los pelines como escarpias.
¿Quién se encargó de limpiar la suciedad de la cocina?
Yo también me he estremecido por tu relato.
Un abrazo
rampy.
Terrible dear Vito...
Y yo envidio la capacidad de escribir tres relatos tan elocuentes y encarnizados en poco más de una página.
Beso,
Y digo yo,
¿Que será del niño?, ¿y la niña?
Todavía tiemblo.
El terror de la vida cotidiana, sin intrigas, sin amparos, sin heroes, sin rescate....con sangre, con dolor, con asco, con el pánico nuestro de cada dia, .... sin salida.
Un abrazo
Pdta: mi post esta sacado de la pelicula "La gran vida" y tiene truco
¡qué impresión!
Bravo, sin mas...
Bravo
Besos
Muy descriptivo y visceral... pero ¿por que no está publicado en Prohibido callar?
Salud.
Y tanto que son de terror, pero el máximo terror está en lo que no se explica. Muy buenos.
Besos salvajes.
buenisimo, pero buenisimo e verdad, eres increible
espereare leer esto en "prohibido callar". mereces un premio
Céfiro,
pues porque no tengo ni la más remota idea de con quién he de hablar para hacerlo.
Jopo
¿ganar? ¿se trata de un concurso?.
vaya...
Los tres maravilloso y muy bien narrados... El tercero algo predecible, pero el mejor
Muy grandes , muy grandes los tres , enhorabuena...aunque lo que me pone realmente los pelos como escarpias es la polémica que está de actualidad sobre esta chica maltratada por su marido que fue socorrida por un profesor acabando éste en coma tras la pelea y la mujer defendiendo a su marido.Eso sí que tiene tela.
Estupendos, si no fueran tan reales, tan crueles... Como decían de La Celestina, obra que sería divina si no fuera tan humana. Reflejas la violencia que viven muchas mujeres de tal modo que resulta escalofriante. Lo mejor ese final: la maté porque no era mía... ya, habría que añadir. Porque esa suele ser la razón profunda.
La realidad supera la ficción y tu la has reflejado tan fielmente que siento nauseas y grito... BASTA YA!!
Dios, que fuerte, muy bien relatado, gracias .
Es la manera de contarlas, sin adornos de ningún tipo, lo que estremece.
Como ya he dicho... sabes como expresar las cosas...
Un beso.
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